13/12/2006 10:51
Nueva referencia, quizás imprescindible, acerca del giro penal de nuestra época. Prologado por Toni Negri y apoyado en un interesante estudio introductorio de Patricia Cabana y J. Brandaritz, la novedad de este libro, es quizás la de entender las nuevas políticas de control y encarcelamiento de masas en el contexto de las vastas transformaciones del trabajo y por lo tanto de su gobernabilidad. Ofrecemos aquí (además de la edición digital que estará disponible en breve), el prólogo de Toni Negri:
Más allá de los límites de la sociedad de control
El razonamiento es absolutamente lineal: se trata de comprender cómo la «razón penal» persigue y se transforma de acuerdo con las mutaciones del contexto social. Diciéndolo brutalmente: se trata de comprender cómo la «justicia» del Estado se esfuerza en constituir el orden social. Delineando históricamente la relación entre régimen disciplinario capitalista y proletariado fordista, De Giorgi empieza, en su último libro El gobierno de la excedencia, reconstruyendo el trasfondo de la mutación actual. No se trata de una transformación de poco calado: cuando a comienzos de los años setenta nos encontramos ante la superación de la situación fordista, la crisis de la penalidad fordista acompañó a la de la economía política. Se trataba de un salto cualitativo: a partir de los años setenta, la economía política de la penalidad fordista se revela completamente inadecuada para describir las formas de producción de subjetividad que se dibujan en el horizonte del control social postfordista. Los análisis de la penalidad fordista descuidaban, de hecho, los procesos de transformación del trabajo, limitándose a la observación del tratamiento penal del desempleo y del «no trabajo». Last but no least, en esta articulación entra en crisis el planteamiento marxista clásico de la crítica de la penalidad, tal y como Rusche y Kirchheimer lo habían propuesto para la edad moderna. Hoy estamos más allá de este umbral. Partiendo del agotamiento del modelo industrial fordista, De Giorgi se mueve siguiendo las huellas que deben llevarle a la definición de un modelo de regulación postfordista de la penalidad. Su razonamiento define la transición del fordismo al postfordismo como el paso de un régimen productivo caracterizado por la carencia (y por el despliegue de un conjunto de estrategias orientadas a disciplinar la carencia) a un régimen productivo definido por la excedencia (y por lo tanto por la emergencia de estrategias orientadas al control de la excedencia). Se trata de un capítulo de la crítica no sólo de la penalidad sino de las transformaciones del trabajo. Y es muy interesante ver cómo desde el punto de vista de la crítica de la penalidad pueden enriquecerse las intuiciones y los lenguajes que recuerdan la crítica del trabajo: ¡Marx ya nos había enseñado a trabajar sobre esta cuestión! De hecho, vivimos en un mundo paradójico. La primera paradoja que encontramos está en el hecho de que el descenso del «empleo» no equivale en absoluto a la «desaparición del trabajo». Antes bien, en el postfordismo, el trabajo, entendido como complejo de acciones, performances, prestaciones en todo caso productivas, se extiende cada vez más, hasta abarcar toda la existencia social. En el postfordismo, el primer perfil del trabajo se califica por lo tanto como régimen de la excedencia, desarrollado sobre todo el horizonte de la vida. Así empieza a configurarse la biopolítica.
En segundo lugar, se tratará de entender cómo la excedencia se articula en el cuadro de la transformación de la contradicción social que el paso del fordismo al postfordismo determina. La excedencia puede leerse de forma doble: «la excedencia negativa se presenta como un complejo de subjetividades que exceden la lógica "gubernamental", dado que exaspera la contradicción entre una ciudadanía social todavía fundada sobre el trabajo y una esfera productiva que progresivamente necesita del trabajo vivo cada vez en menor medida. Por otra parte, la excedencia positiva se define como conjunto de subjetividades que exceden de la racionalidad capitalista, dado que exasperan la contradicción entre una potencialidad productiva ilimitada y cooperativa y un eje de relaciones de producción que obstruye la autonomía del mando capitalista, imponiéndole una valoración fundada sobre la competencia».
La separación entre disciplina y biopolítica queda aquí, por lo tanto, completamente fijada. El problema del gobierno de la penalidad será entonces el del gobierno de la excedencia. Tres son las modalidades fundamentales según las cuales se desarrolla este gobierno. La primera, en el resumen de De Giorgi, es «el riesgo encarcelado». Se refiere a la nueva invención de clases peligrosas, al encarcelamiento preventivo de todas las personas que suponen un peligro. Las nuevas estrategias penales se caracterizan, pues, cada vez más como dispositivos de gestión del riesgo y de represión preventiva de las poblaciones que son consideradas portadoras del mismo. El reclutamiento de la población carcelaria se produce sobre la base de la identificación de clases de sujetos consideradas potencialmente desviados y peligrosos para el orden constituido. Una población excedentaria que se pretende almacenar en la cárcel, al margen de cualquier finalidad reeducativa.
La segunda modalidad de separación entre disciplina y biopolítica se revela en la construcción de la «metrópolis punitiva». Aquí se desarrolla completamente la «tolerancia cero». Las calles de la ciudad se convierten en recorridos del control. Se construye una suerte de nuevo panóptico y el control del espacio se hace continuo. La ciudad de las clases peligrosas es recorrida por una serie de instrumentos de control que operan como pura inhibición de los procesos de interacción social: el gobierno renuncia a cualquier función positiva, productiva o transformadora. Así llegamos a un tercer y definitivo marco de las modalidades de control. De Giorgi lo denomina «la red enmarañada». Se trata de nuevas formas de control a la altura de las transformaciones que han atravesado la producción inmaterial. «En consecuencia, aparece de manera progresiva un control preventivo, ya que, a diferencia de la riqueza material, la inmaterial no puede ser recuperada una vez que alguien se ha apropiado de ella y la utiliza. Un control difuso, ya que, a diferencia de los recursos materiales, los recursos inmateriales no se localizan en un espacio determinado, sino que se constituyen como flujos, redes, éter. Un control actuarial, ya que, a diferencia de los sujetos de la producción material, ubicables y susceptibles de organización disciplinaria dentro del perímetro de un espacio productivo definido, la multitud posfordista es una entidad que no se deja reducir a las formas de singularización típicas de la producción fordista y a las categorías conceptuales que sobre ella se sustentan. La productividad fundada sobre el saber de los muchos excede, en definitiva, el dominio fundado sobre el no-saber del poder».
De Giorgi ya nos había mostrado, en su anterior libro —Tolerancia cero. Estrategias y prácticas de la sociedad de control (Virus, Barcelona, 2005)—, la importancia de la aproximación actuarial en relación con las nuevas teorías del poder penal. Aquí, en este nuevo libro, el análisis se extiende y se enriquece con una fortísima fenomenología del contexto social. La conclusión de De Giorgi, partiendo de esos elementos fuertes de sociología del derecho penal, es que el control se abre (en la sociedad postfordista de la producción inmaterial) a modalidades cada vez más intensas de pura destrucción. Sabemos que De Giorgi está ampliando su punto de vista hasta identificar la guerra como la última y la más perfeccionada forma del control. Estamos convencidos de que esta vía de profundización del análisis es la correcta: resta el problema de construir formas de resistencia adecuadas. Éstas últimas podrán aparecer sólo si tenemos presente una última observación de De Giorgi: «La conservación del orden social parece invocar hoy, de manera insistente, el despliegue de una racionalidad de control capaz de desarticular justamente aquellas formas de socialización y cooperación social que en el pasado fue necesario alimentar en la medida en que constituían el fundamento de la productividad fordista. Esto se explica en virtud de que hoy aquellas formas de cooperación escapan constantemente al control, se sustraen a cualquier cartografía disciplinaria y asumen la fisonomía de eventos de riesgo, que deben ser prevenidos por cualquier medio».
Por Toni Negri
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