“Orwell aspiró a transformar la escritura política en un arte”

A lo largo de sus más de quinientas páginas, el politólogo Bernard Crick analiza la figura poliédrica de George Orwell (India, 1903 - Londres, 1950), el retratista de los métodos de control que ejerce el poder, el creador del concepto terrorífico “Gran Hermano”, una vuelta de tuerca del panóptico que ideara Bentham en el XVIII. Sus ideales socialistas, enraizados en su yo más íntimo, no le impidieron criticar los excesos cometidos entre sus propias filas. Su manera de emplear la palabra recuerda a Jack London. También a Dickens. De su biografía, destaca –por proximidad– su lucha en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Pero hay mucho más, del hombre, de la celebridad. La mayoría, recogido en George Orwell. La biografía (Ediciones El Salmón, 2020), traducida por Salvador Cobo y Sebastián Miras. Hablamos con el primero, experto en Orwell.

A su juicio, ¿qué es lo más fascinante de Orwell, como persona y como escritor?

Orwell supo desde muy joven que quería ser escritor. Tras varias tentativas literarias más bien infructuosas, encontró su voz bajo la forma de “escritor político”. En un famoso texto, decía que su mayor aspiración había sido transformar la escritura política en un arte. Partiendo de ahí, resulta admirable su rigurosa independencia intelectual, su capacidad para pensar fuera y más allá de las ortodoxias políticas e ideológicas de su época, su compromiso para denunciar las injusticias sociales, sin importar dónde se produjeran ni quién las causara.

 

Además de inspirar algunos de sus textos (Matar un elefante o Los días de Birmania), ¿de qué manera le influyeron sus cinco años en la Policía Imperial India en Birmania? ¿De dónde surge esa oposición radical y tan temprana, primero al imperialismo británico, después contra los autoritarismos alemán y ruso?

El vínculo de Orwell con “la India” era más profundo y venía de más antiguo: su padre había servido allí como modesto funcionario, y de hecho fue donde Orwell nació y vivió sus primeros años. Tiempo después, al acabar el instituto, en lugar de ir a la universidad, eligió servir como policía del imperio, y de resultas se convirtió en antiimperialista.

Demos un paso atrás para comprender su itinerario. Durante sus años en Eton, uno de los colegios británicos más prestigiosos y elitistas, Orwell desarrolló una suerte de rebeldía dandy: extraordinariamente precoz en sus gustos literarios, amén de mordaz y refractario ante la autoridad. Pero carecía de una conciencia antiimperialista, y mucho menos socialista. Fue en Birmania donde comprendió ser un “diente más en el engranaje del despotismo”. Bernard Crick cree que su antiimperialismo no le sobrevino de golpe; que se habría tratado más bien de un proceso gradual. El dominio británico sobre su imperio se fundaba en una mezcla de indiferencia, desprecio y brutalidad hacia sus súbditos, con un estatus no muy superior al de simples bestias. Orwell se sintió asqueado por la laceración económica y política padecida por los pueblos del Raj, y, a su regreso a Inglaterra, no cabe duda de que la conciencia de esta tiranía había sentado las bases para poder comprender y denunciar toda clase de opresión contra los más débiles. Su oposición a los totalitarismos ruso y alemán se nutre de otros elementos, más complejos si cabe. No obstante, el racismo sobre el que se fundaba el imperio británico es la piedra de toque de la cultura política de la modernidad, que culmina con las empresas de exterminio nazis, soviéticas y aliadas. Lo explicó de forma magistral el escritor sueco Sven Lindqvist en Exterminad a todos los salvajes.

 

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