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En la novela breve Carroñeros del viejo mundo, de Tea Tulic, una hija cuenta la historia de su padre, en la que a veces aparecen Volga y Buga, dos mujeres ya muertas pero que siguen vivas en la memoria de ambos y les marcan el rumbo. Se trata de un libro melancólico sobre crecer junto a un padre que antes era un tipo carismático acosado por la vida, pero, tras decepcionarse del mundo y la virtud, ha ido perdiendo el ánimo hasta quedar reducido a una sombra de sí mismo. La narración tiene algo de cuento de hadas y a veces transpira amargura. En ella, la melancolía se alterna con situaciones cómicas y elementos tanto naturalistas como simbolistas.
Padre e hija establecen una relación de cuidado y ternura. Se alejan de su apartamento repleto de objetos y recuerdos -por eso la hija fantasea con construir una casa sin fin dentro de esa casa-; de sus traumas, antiguos y recientes; de la ciudad y de las demás personas. Se quedan solos en la barca Kalinka, rodeados del mar, de los peces y de las aves, allí donde todo es más claro y limpio, incluida la crueldad. El padre empieza a sufrir alucinaciones y, bajo su cuello, aparece una constelación de puntitos rojos. Tendrá que ir al hospital. Los años le vienen pisando los talones, se avecina una época de cambios?
Esta novela de inconfundible aire mediterráneo cuenta con delicadeza la separación del propio padre y lo que supone zarpar hacia la inmensidad de la vida sin embarcación propia ni compañero de tripulación. Sus frases nos marcan el rumbo hacia el placer de la lectura.
Kruno Lokotar, editor de la edición original croata


