En nombre de los derechos de las mujeres. El auge del feminacionalismo

En esta presentación tengo dos objetivos principales:

  • Explicaré el concepto de feminacionalismo tal y como lo introduje en mi libro En nombre de los derechos de las mujeres (Traficantes de Sueños, 2021). Aquí pretendo discutir los dos aspectos clave de este concepto: la convergencia y la economía política.
  • Abordaré cómo creo que ha evolucionado el feminacionalismo como formación ideológica en los últimos ocho años, desde la publicación del libro.

El concepto de feminacionalismo
En primer lugar, mi concepto de feminacionalismo se vio influido de manera importante por el concepto de homonacionalismo de la académica queer Jasbir Puar. En 2007, Puar publicó un influyente libro en el que analizaba las formas en que algunos sectores del movimiento LGBTQ+ en Estados Unidos habían colaborado con la retórica nacionalista de la guerra contra el terrorismo. En resumen, describía cómo muchos gais y lesbianas habían aceptado la idea de que el islam era una religión especialmente homófoba y que las comunidades musulmanas eran enemigas de los derechos LGBTQ+.

El libro de Puar fue muy importante porque reveló, aunque de forma implícita, uno de los puntos débiles de la política identitaria: a saber, que la lucha por los derechos y libertades individuales desprovista de cualquier contenido de clase no podía evitar las trampas de la política de derechas. De hecho, un desarrollo importante del capitalismo neoliberal ha sido la cooptación de algunas subculturas gais como culturas de consumo y la creación de la homonormatividad como homosexualidad domesticada.

Mi concepto de feminacionalismo está claramente en deuda con el homonacionalismo de Puar, pero hay diferencias importantes entre estos conceptos.

En primer lugar, analizo la combinación del feminismo y el nacionalismo de derechas, en lugar de la homonormatividad y el nacionalismo. Lo analizo en términos de convergencia en lugar de colusión (explicaré por qué esta diferencia es importante).

En segundo lugar, y quizás lo más importante, ofrezco una perspectiva político-económica para tratar de comprender por qué los nacionalistas de derechas instrumentalizan algunas ideas feministas, pero también por qué algunas feministas han aceptado la retórica nacionalista.

En concreto, el libro profundiza en la convergencia de las políticas antiislámicas entre tres agendas políticas muy diferentes: los nacionalistas de derechas, algunas feministas y femócratas y las políticas neoliberales. Analizo esta convergencia en tres países que han mostrado importantes similitudes en la forma en que se ha producido: Francia, los Países Bajos e Italia.

Desde el Partido por la Libertad de Wilders en los Países Bajos hasta el Rassemblement National (antiguo Frente Nacional) de Marine Le Pen en Francia y la Lega de Matteo Salvini en Italia, uno de los tropos centrales movilizados por estos nacionalistas de derecha es el profundo peligro que representan los hombres musulmanes y migrantes para las sociedades de Europa occidental, debido, sobre todo, a su trato opresivo hacia las mujeres.

Creo que a estas alturas todos estamos familiarizados con la forma en que estos partidos instrumentalizan los casos de acoso sexual o de violencia de género. Cada vez que se produce un caso de violencia sexual perpetrado por un inmigrante, hacen hincapié en la nacionalidad del agresor para transmitir el mensaje de que todos los inmigrantes son violadores y una amenaza para las mujeres. Por supuesto, el mensaje se amplifica en los medios de comunicación que, no lo olvidemos, están controlados por grandes empresas que, literalmente, están financiadas o apoyadas políticamente por la derecha.

Pero no solo los nacionalistas de derechas se presentan como defensores de los derechos de las mujeres en el contexto de las campañas contra la inmigración y el islam.

En el otro extremo del espectro político, algunas feministas conocidas y declaradas también se han sumado al coro antiislámico. A lo largo de la década de 2010, feministas de renombre de toda Europa han denunciado a las comunidades musulmanas como excepcionalmente sexistas, contrastándolas con los países occidentales como espacios de relaciones de género superiores. Del mismo modo, las organizaciones de mujeres, así como las altas funcionarias de las agencias estatales de igualdad de género –a menudo denominadas femócratas– han señalado las prácticas religiosas islámicas como especialmente patriarcales, argumentando que no tienen cabida en la esfera pública occidental. En consecuencia, todas ellas han respaldado propuestas legales como la prohibición del velo, al tiempo que han retratado a las mujeres musulmanas como víctimas pasivas que necesitan ser rescatadas y emancipadas. Este heterogéneo frente feminista antiislámico ha presentado constantemente el sexismo y el patriarcado como dominio casi exclusivo del Otro musulmán.

Sin embargo, el peculiar encuentro entre las agendas antiislámicas y la retórica emancipadora de los derechos de las mujeres no se limita a los nacionalistas y feministas. Los políticos neoliberales que, por lo demás, han sido antinacionalistas, también han utilizado cada vez más las representaciones antiislámicas en nombre de los derechos de las mujeres. Un buen ejemplo de ello son los programas de integración cívica para migrantes, que son un hito del capitalismo neoliberal. Diseñados para fomentar la inclusión de la población migrante en el tejido de las sociedades europeas, estos programas han condicionado la residencia a largo plazo de las y los migrantes a un compromiso certificado de aprender el idioma, la cultura y los valores del país de destino. Han instado a las personas migrantes a reconocer los derechos de las mujeres como un valor central de Europa y Occidente, y a asimilar las prácticas culturales occidentales, que se han presentado como más avanzadas desde el punto de vista civilizacional.

En este contexto general, las preguntas que planteo en el libro son:

  • ¿Por qué estos diferentes movimientos invocan el mismo tropo e identifican a los hombres musulmanes como una de las amenazas más peligrosas para las sociedades occidentales?
  • ¿Estamos asistiendo al auge de un nuevo tipo de alianza política, o este aparente consenso en todo el espectro político es meramente casual y contingente?
  • Y, por último, ¿por qué se ofrece a las mujeres musulmanas emancipación y rescate en un contexto de creciente islamofobia y sentimientos antiinmigración, especialmente en lo que respecta al empleo y el bienestar?
  • Para responder a estas preguntas y enmarcar la lógica político-económica que sustenta esta inesperada convergencia entre diferentes agendas políticas, he acuñado el término feminacionalismo.

Abreviatura de nacionalismo feminista y femocrático, el feminacionalismo se refiere tanto a la explotación de temas feministas por parte de nacionalistas y neoliberales en campañas antiislámicas y antiinmigración como a la participación de ciertas feministas y femócratas en la estigmatización de los hombres musulmanes bajo la bandera de la igualdad de género. Así, el feminacionalismo describe, por un lado, los intentos de los partidos de derechas y de los neoliberales de Europa occidental de promover políticas racistas mediante la promoción de la igualdad de género y, por otro, recoge la participación de varias feministas y femócratas conocidas, y muy visibles, en la actual caracterización del islam como una religión y una cultura esencialmente misóginas.

En el libro sugiero que el feminacionalismo debe entenderse como una ideología que surge de una convergencia específica entre diferentes proyectos políticos y que es producida por, y productiva de, una lógica específicamente económica.

En pocas palabras, hablo de convergencia en lugar de colusión o instrumentalización porque creo que el encuentro entre estas tres formaciones, algunas feministas, nacionalistas de derecha y neoliberales, ha sido principalmente de conveniencia en torno a algunos intereses específicos. Algunas feministas han pensado que su lucha contra el islam era una lucha que podía empoderar a las mujeres; los neoliberales han pensado que su lucha contra el islam podía fortalecer el proyecto de integración económica de las personas migrantes al separar a las y los migrantes buenos de los malos; y los nacionalistas de derechas entendieron que necesitaban respaldar una versión superficial de los derechos de las mujeres y un feminismo vago para atraer a más mujeres a su política, pero también para presentarse como modernos y dignos de confianza. Al final, creo que los partidos de derechas han sido los que más se han beneficiado de la convergencia, pero hablaremos de esto más adelante.

Ahora quiero dedicar más tiempo a...

El feminacionalismo como economía política neoliberal
Para comprender la lógica político-económica del feminacionalismo, debemos centrarnos en la tercera pregunta que planteé anteriormente:

¿Por qué se ofrece a las mujeres musulmanas y migrantes emancipación y rescate en un contexto de creciente islamofobia y sentimientos antiinmigración, especialmente en lo que respecta al empleo y al Estado del bie-
nestar? En otras palabras, ¿por qué los nacionalistas de derecha, algunas feministas y los neoliberales aplican un doble rasero que presenta a las mujeres migrantes como víctimas y a los hombres como una amenaza?

Para comprender este doble rasero, utilizaré el ejemplo de los programas de integración cívica para migrantes. Desde su creación a mediados de la década de 2000, estos programas han sido extremadamente importantes en la institucionalización del feminacionalismo como política estatal concreta, y no solo como retórica de los medios de comunicación. Como mencioné brevemente al principio, estas políticas exigen a las personas migrantes que aprendan lo que se considera el idioma y los principales principios culturales de los Estados europeos de acogida para que se les conceda la residencia. Estos programas en toda Europa también tienen un componente de igualdad de género. En otras palabras, se les dice que para integrarse deben aprender y respetar la igualdad de género, que se presenta como un pilar de las naciones de Europa occidental.

Sin embargo, debemos señalar que los programas de integración cívica no solo tienen una dimensión cultural, sino también un fuerte componente económico. Con la creación del Fondo Europeo de Integración en 2007, destinado a financiar iniciativas de diferentes organizaciones de toda la UE que buscan facilitar la integración de las y los migrantes, las políticas de integración cívica en toda Europa se han dirigido especialmente a las mujeres. De hecho, uno de los objetivos del fondo de integración era proporcionar recursos materiales a los programas que ayudan a las mujeres migrantes a integrarse económicamente mediante la búsqueda de un empleo. A principios de la década de 2010, se multiplicaron los datos estadísticos, los estudios transnacionales y los documentos políticos a nivel de la UE en los que se destacaba la menor tasa de empleo y actividad de las mujeres migrantes en comparación con la de los hombres migrantes no occidentales. De forma más o menos explícita, las menores tasas de participación de estas mujeres en la población activa se atribuían a sus antecedentes culturales atrasados, que se consideraban responsables de mantener a las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales en un estado de sometimiento y dependencia económica y, por lo tanto, de no animarlas a incorporarse a la población activa remunerada. Con el fin de garantizar los recursos proporcionados por los fondos de integración, desde 2007 se han adoptado una serie de programas para promover la participación de las mujeres migrantes no occidentales y no pertenecientes a la UE en el mercado laboral nacional. Cabe destacar que, en los tres países en los que me centré, algunas organizaciones de mujeres y feministas estuvieron al frente de la presentación de propuestas para fomentar la integración de las mujeres migrantes en la población activa.

Curiosamente, en todos los países que estudié, el Fondo Europeo de Integración concedió dinero a organizaciones que canalizaban a las mujeres migrantes hacia los sectores con escasez de mano de obra: principalmente los sectores de la limpieza y los cuidados. Así, se animó a las mujeres migrantes a integrarse convirtiéndose en niñeras, limpiadoras, cuidadoras de personas mayores y cuidadoras de niños.

Es importante señalar que las organizaciones que aplicaban estos programas eran, en la mayoría de los casos, organizaciones de mujeres, a veces integradas por mujeres migrantes y no migrantes.

A pesar del gran énfasis que diversas feministas, organizaciones de mujeres y femócratas han puesto en la necesidad de que estas mujeres se emancipen entrando en la esfera pública productiva, en realidad las mujeres migrantes no occidentales han quedado confinadas al trabajo doméstico y de cuidados en la esfera privada.

Por lo tanto, existe una contradicción cuando las feministas y las femócratas instan a la emancipación de las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales, al tiempo que las canalizan hacia la misma esfera de la que el movimiento feminista ha intentado históricamente liberar a las mujeres.

Por supuesto, esto no quiere decir que todas estas organizaciones tengan malas intenciones y actúen de mala fe. Al contrario, algunas de estas organizaciones de mujeres están tratando de ayudar a las mujeres a encontrar apoyo material en un contexto en el que se les ofrecen muy pocas oportunidades de empleo. Sin embargo, en particular, el problema es la hipocresía de las femócratas que están a cargo de importantes departamentos de igualdad de género a nivel local y nacional. Nos han dado lecciones a todas sobre la necesidad de emancipar y modernizar a las mujeres migrantes, especialmente a las musulmanas, pero lo único que pueden ofrecer concretamente son trabajos mal remunerados y de bajo estatus que ayudan a las mujeres de clase media a promover sus carreras.

La derecha nacionalista no ha sido una simple espectadora en este asunto. Ella también, cuando ha estado en el Gobierno, han contribuido a orientar a estas mujeres hacia el sector asistencial y doméstico, o el de la reproducción social. Por ejemplo, durante la crisis económica mundial de 2007-2011, el Gobierno de derechas italiano cerró las nuevas cuotas de inmigración, lo que se presentó como una respuesta a la crisis económica que aparentemente había hecho innecesario el recurso a trabajadores migrantes. Sin embargo, se hizo una excepción con las trabajadoras domésticas y de cuidados. Por lo tanto, el Gobierno concedió una amnistía solo a las migrantes ilegales que trabajaban como cuidadoras y trabajadoras domésticos [badanti], ya que se consideraba que era el único sector en el que la demanda de mano de obra no podía satisfacerse con la oferta nacional. En esta ocasión, el entonces ministro del Interior de la Liga declaró:

No puede haber regularización para quienes entraron ilegalmente, para quienes violan a una mujer o roban una villa, pero sin duda tendremos en cuenta todas aquellas situaciones que tienen un fuerte impacto social, como en el caso de las cuidadoras migrantes.

Los partidos de extrema derecha contrarios a la inmigración, como la Liga Norte, estaban dispuestos a hacer la vista gorda con las migrantes indocumentadas cuando se trataba de mujeres que trabajaban en el sector del cuidado y en el servicio doméstico, incluso en tiempos de crisis económica.

Más recientemente, en el Reino Unido, el partido de extrema derecha Reform UK, liderado por Nigel Farage, afirmó que la única excepción a la congelación de la inmigración deberían ser las mujeres migrantes que trabajan para el Servicio Nacional de Salud y para residencias de ancianos. Este partido de extrema derecha incluso luchó contra el Partido Laborista, que recientemente anunció el cierre de la Care Work Vidsa para mujeres migrantes. Paradójicamente, ahora es la derecha la que dice que las mujeres migrantes pueden trabajar en el Reino Unido (siempre y cuando trabajen como sirvientas y cuidadoras, por supuesto, y sin derechos).

En definitiva, creo que esta paradoja nos da una clave importante para comprender la economía política del feminacionalismo. A diferencia de los hombres migrantes no occidentales, que suelen encontrar trabajo en sectores económicos como la construcción o la industria manufacturera, en los que la reubicación y el cierre de centros de producción pueden utilizarse fácilmente como dispositivos de gestión de crisis para reducir el número de trabajadores, las mujeres migrantes no occidentales se emplean en su mayoría en la economía doméstica y de cuidados.

Este es el sector al que no se aplican las operaciones clásicas de gestión de crisis del capital: la reproducción social, sencillamente, no puede reubicarse ni cerrarse en tiempos de crisis económica. El trabajo de cuidados debe continuar incluso en períodos de recesión para garantizar el funcionamiento diario de nuestras sociedades. De hecho, en el contexto actual de aumento de las tasas de empleo de las mujeres de Europa occidental, son cada vez más las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales las que se ocupan del cuidado de la infancia, de las personas con discapacidad y de las personas ancianas. Esto ocurre precisamente en un momento histórico en el que Europa occidental está privatizando los servicios sociales y de cuidados y se enfrenta a un envejecimiento de la población cada vez mayor. En otras palabras, no es casualidad que los programas de integración cívica animen a las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales a buscar trabajo en el sector de los cuidados y del hogar (o de la reproducción social). De hecho, se trata de un sector cuya demanda está en aumento, especialmente en una situación en la que la población envejece rápidamente, y en el que las mujeres europeas no quieren trabajar como cuidadoras.

El énfasis en las mujeres migrantes no occidentales en general como personas a las que hay que ayudar en su proceso de integración y emancipación, incluso mediante ofertas de empleo, es posible porque, a diferencia de los trabajadores migrantes varones, actualmente ocupan un papel estratégico en el sector de la reproducción social, del cuidado de la infancia, de las personas mayores y de la limpieza. En lugar de ladronas de puestos de trabajo, las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales se presentan como aquellas que permiten a los hombres y, en particular, a las mujeres de Europa occidental trabajar en la esfera pública, proporcionando esos cuidados que la reestructuración neoliberal ha mercantilizado.

En conclusión, el doble rasero que se aplica a las mujeres migrantes musulmanas y no occidentales en el imaginario público como personas que necesitan una atención especial, e incluso un rescate, funciona como una herramienta ideológica estrechamente relacionada con su papel clave (presente o futuro) en la reproducción de las condiciones materiales de la reproducción social. El feminacionalismo debe entenderse como parte integrante de la reorganización específicamente neoliberal de las políticas de bienestar, trabajo e inmigración del Estado que se ha producido en el contexto de la crisis financiera mundial y, de manera más general, de la crisis de reproducción social en Europa occidental. La posibilidad misma de que los nacionalistas y los neoliberales puedan explotar los ideales emancipadores de la igualdad de género, así como la convergencia de las feministas/femócratas con políticas antemancipatrices y xenófobas, surge en gran parte de la reconfiguración específicamente neoliberal de la economía de Europa occidental en los últimos treinta años.

¿Cómo ha evolucionado el feminacionalismo desde 2017?
Para abordar esta cuestión, permíteme comenzar diciendo que nunca había recibido tantas solicitudes de entrevistas de toda Europa como en los últimos doce meses. Esto me dice una cosa muy sencilla: el feminacionalismo está claramente en auge.

El tópico de los hombres musulmanes e inmigrantes que amenazan sexualmente a las mujeres fue clave en el auge de la AfD en Alemania desde 2016, así como en el auge de Giorgia Meloni en Italia. En Francia, Bardella y Le Pen dedicaron momentos clave de su campaña presidencial a abordar la seguridad de las mujeres, supuestamente amenazada por los árabes y los migrantes. Lo mismo está ocurriendo ahora en el Reino Unido, que hasta hace poco se había mostrado menos receptivo a la retórica femonacionalista. También aquí Nigel Farage y Reform UK han invertido masivamente en la política del miedo, el resentimiento y la búsqueda de chivos expiatorios, según la cual los migrantes son los culpables de todo, incluida la violencia sexual y la misoginia. El genocidio del pueblo palestino, especialmente después del 7 de octubre, se justificó en nombre de los derechos de las mujeres cuando los supuestos casos de violencia sexual contra mujeres israelíes por parte de Hamás –que nunca se confirmaron– fueron utilizados como arma por Israel en lo que podría denominarse una forma de femo-sionismo.

Pero junto con la multiplicación de mujeres líderes en los partidos de derecha, la racialización del sexismo y la estigmatización de los hombres migrantes, musulmanes y árabes, en nombre de los derechos de las mujeres, creo que también debemos prestar atención a otras formas en las que se está afianzando el feminacionalismo o la justificación de la política del odio y el miedo en nombre de las mujeres y de los derechos de las mujeres. Permítanme centrarme en tres novedades:

En primer lugar, el auge de la política antitrans se ha llevado a cabo en nombre de los derechos de las mujeres en formas que reproducen claramente el repertorio femonacionalista.

Permítanme explicarles. Desde finales de la década de 2010, la extrema derecha ha estado atacando a las personas trans y los derechos de género de forma sin precedentes. En este sentido, el Reino Unido ha sido el centro de la atención internacional, en particular debido al vigor de los debates sobre la autoidentificación de género en las escuelas, en el deporte y en los espacios públicos. Junto con la creciente hostilidad en la corriente política dominante, “los grupos y activistas de extrema derecha han intensificado sus acciones contra los derechos trans, con un rechazo particular a la diversificación de la educación sexual y relacional bajo el pretexto de proteger a los jóvenes” (Hope not Hate 2024a, p. 9).

Lo que vemos cada vez más en el panorama de la extrema derecha es que, si bien los debates sobre el género pueden ser bastante fluidos, a menudo instrumentales y ambivalentes, dependiendo del grupo específico, del objetivo político que el grupo intenta alcanzar y del contexto en el que se discuten las cuestiones de género, no hay ambivalencia cuando se trata de las personas transgénero. En resumen, existe cierta tolerancia, especialmente en algunos grupos, hacia los derechos de las personas LGB (siempre que los gais y las lesbianas sean mujeres y hombres cis) y siempre que la oposición al islam sea clara, pero no hay absolutamente ninguna tolerancia hacia las personas transgénero y, en especial, hacia las mujeres transgénero.

De hecho, el principal objetivo de las campañas nacionalistas de derecha son ahora las mujeres transgénero, a las que se presenta como hombres peligrosos que se disfrazan de mujeres para acosarlas en los baños públicos o para robarles sus medallas en las competiciones deportivas. Una vez más, la extrema derecha instrumentaliza los derechos de las mujeres y las cuestiones relacionadas con su seguridad para intensificar su política de odio y miedo.

En segundo lugar, hay un auge de colectivos de mujeres jóvenes que se declaran feministas y hacen campaña por la seguridad de las mujeres frente a los migrantes. En Francia, desde la campaña presidencial de 2021, el candidato nacionalista de extrema derecha Éric Zemmour estuvo claramente detrás de la creación de Nemesis, un grupo de mujeres que hacen campaña por la seguridad de las mujeres alegando que la principal amenaza sexual para ellas son los hombres extranjeros. Desde abril de este año, también en el Reino Unido tenemos una versión de Nemesis llamada Women’s Safety Initiatives, que también hace campaña contra los migrantes. El grupo cuenta con el apoyo claro, y posiblemente con la financiación, de Reform UK, de Farage.

Estos grupos se están apropiando del feminismo para difundir aún más la idea de que los hombres migrantes (musulmanes y no musulmanes por igual) son el principal problema para las mujeres.

En definitiva, los derechos de las mujeres y las cuestiones de género se han convertido claramente en parte del repertorio de la derecha de una manera muy ambivalente, instrumental e hipócrita.

No importa que estos partidos sean incoherentes y contradictorios, que difundan mentiras y noticias falsas. Han aprendido muy bien que es mucho más fácil sembrar el pánico y el miedo a través de mentiras que restablecer la verdad y la razón. Una vez que las noticias falsas salen al mundo, adquieren vida propia, lo que beneficia el auge de la derecha nacionalista.

Sin embargo, esto no significa que no debamos señalar sus contradicciones, mentiras y mala fe. Al contrario, eso es exactamente lo que debemos hacer en todos los contextos y de todas las formas posibles.

1) A quienes afirman que las comunidades musulmanas y, en general, las culturas no europeas oprimen a las mujeres, debemos recordarles o explicarles que:

  • El islam es una generalización, al igual que el cristianismo. No existe un islam homogéneo, sino que hay muchas posiciones diferentes, incluso sobre las mujeres, en muchos contextos diferentes. 
  • Incluso en aquellas situaciones en las que las mujeres musulmanas o migrantes son víctimas de violencia de género por parte de sus maridos, hermanos o padres, la islamofobia no ayuda a estas mujeres. Por el contrario, las aísla aún más y les impide salir a la luz para denunciar a sus opresores. 
  • La identificación del islam y, en general, de las culturas no occidentales como especialmente patriarcales, desvía la atención de la misoginia y el patriarcado que existen en nuestras culturas y contextos. Vale la pena recordar siempre que las estadísticas hablan muy claro. La mayoría de los casos de feminicidios y violencia contra las mujeres son perpetrados por maridos, novios y hombres que han estado cerca de las víctimas.

2) Parte de la razón por la que la extrema derecha representa la teoría de género, los derechos de las personas transgénero o la educación sexual en las escuelas como una amenaza (una amenaza para las mujeres, una amenaza para las y los niños y las comunidades) es también porque estas cuestiones se han presentado a menudo como algo disociado y alejado de la vida cotidiana y de las preocupaciones de la gente. En otras palabras, la extrema derecha ha logrado dividir el género en dos bandos y está tratando de ser hegemónica en ambos. Por un lado, el género se presenta principalmente como el derecho de las mujeres y la seguridad de las mujeres. Esta es la idea de género que la extrema derecha dice apoyar, aunque a través de una representación distorsionada de la seguridad de las mujeres como algo que depende fundamentalmente de la criminalización de los migrantes.

Por otro lado, el género se presenta como la conspiración de los marxistas culturales, los intelectuales gais al estilo de Butler o las feministas enfadadas, que quieren convertir a los niños, arruinar su inocencia o castrar a los jóvenes (tanto simbólica como prácticamente). Claramente, esta es la idea del género a la que se opone la extrema derecha y que presenta como competencia de la política de izquierda, muy alejada de los problemas reales de la gente.

Una vez más, además de señalar sus contradicciones y mentiras, creo que es fundamental explicar que las cuestiones de género no están en absoluto disociadas de las preocupaciones cotidianas. La posibilidad de que todo el mundo viva plenamente su vida y se exprese libremente no es un extra opcional ni un lujo, sino precisamente lo que todo el mundo aspira a conseguir al final del día.

Para hacer todo esto, es decir, para poder reconectar las cuestiones cotidianas de la clase trabajadora con las cuestiones de género, necesitamos escuchar a la gente, educarnos, actualizar nuestras herramientas conceptuales, experimentar con nuevas prácticas y nuevas formas de conectar, contribuir en todo lo que podamos y en todos los contextos en los que nos encontremos, lo que significa también superar la distinción entre la intervención activista y la no activista.

Para concluir, las tareas que nos esperan son enormes, requieren inmensos recursos y el optimismo de la voluntad. No tenemos los primeros y, a veces, estamos perdiendo los segundos, ya que la coyuntura actual es tan sombría y está tan dominada por la política de la crueldad y el miedo que es difícil ser optimista y tener esperanza. Pero simplemente no tenemos otra opción.

Así que permítanme concluir esta vez con las palabras de Ernst Bloch sobre la necesidad de aprender a tener esperanza. La esperanza no es algo que tengamos necesariamente, es algo que aprendemos. Él escribe:

Se trata de aprender la esperanza. Su labor no ceja, está enamorada en el triunfo, no en el fracaso. La esperanza, situada sobre el miedo, no es pasiva como este, ni, menos aún, está encerrada en un anonadamiento. El afecto de la esperanza sale de sí, da amplitud a los hombres en lugar de angostarlos, nunca puede saber bastante de lo que les da intención hacia el interior y de lo que puede aliarse con ellos hacia el exterior. El trabajo de este afecto exige hombres que se entreguen activamente al proceso del devenir al que ellos mismos pertenecen (Bloch, Ernst, Principio esperanza, tomo 1, p.2).

Sara R. Farris es socióloga y profesora de la Goldsmiths, Universidad de Londres.

* Comunicación de la autora en la XV edición de la Universidad de Verano de Anticapitalistas, agosto 2025.

Traducción: viento sur