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Imagen de cubierta: LOS HIJOS DEL TRABAJO

LOS HIJOS DEL TRABAJO
EL SINDICALISMO ESPAÑOL ANTES DE LA GUERRA CIVIL

SANZ, RICARDO

ISBN: 
978-84-16553-27-3
Editorial: 
Coleccion del libro: 
Idioma: 
Castellano
Número de páginas: 
324
Dimensiones:
145x208
Fecha edición:01/04/2015
Materia: 
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Prefacio por Sara Berenguer

Nuestro amigo Ricardo Sanz, me ha pedido un prólogo para su libro, Es la primera vez que un autor me brinda esta confianza y no sé si mis conocimientos estarán al alcance de tal tarea. En todo caso, es un título significativo para todo ser que mueve un eslabón en el engranaje de la inmensa rueda laboral, es ya el compendio de la vida dedicada al trabajo y a la lucha por la existencia.

Ricardo Sanz empieza su libro con su infancia azarosa, doce horas de trabajo, cuando aún no es adolescente. Así empieza su tierna infancia en el pueblo de Canals. Cara al trabajo, para su subsistencia se alejó del pueblecito que le vio nacer, A su llegada a Barcelona se integra. a la tarea y se afilia al sindicato de tintoreros. Su sana moral y el buen sentido hizo que se iniciara de inmediato en las actividades del sindicato. Esos fueron sus albores, su despertar.

Pablo Sabater a quien Ricardo Sanz admiraba, fue asesinado por aquél entonces, como lo fue más tarde el propagandista Jordán. Fue en estos instantes que entra en plena acción. A ella entregará, durante toda su vida sindical, lo mejor de sí mismo para reivindicar el respeto a los trabajadores a la vez que dar a conocer el ideal.

Cuando el amor nace es aguijón que penetra sin que uno se dé cuenta y sus efectos crean una nueva fuerza en el ser. El amor es el imán seductor de uno hacia el otro. Es la atracción por la fineza de la espiritualidad y del sentimiento. Ricardo Sanz no escapó a esta ley natural y sana que es la eclosión amorosa. Es el fulgor que idealiza al ser amado y le reconforta. Palabras alentadoras salían de boca de la mujer que se había fusionado con su propia esencia.

Así continúa en la lucha, con el apoyo de la fuerza secreta que es el amor, ese mismo amor que él, en su carrera de luchador, irá esparciendo en favor de donde quiera que se hallen.

Desencadenada la represión, debe alejarse, aconsejado por sus compañeros, hacia el retiro natal, ante el peligro de ver su luz apagada en el tenebroso fondo de algún calabozo.

A su regreso a Barcelona unió su vida al primer amor, que esperó con paciencia su retorno. Pronto entra en la fase oratoria. Los compañeros apreciando sus condiciones para la tribuna lo anuncian en un mitin de propaganda. La C.N.T., contaba ya con un propagandista más, joven, decidido e impetuoso. La dictadura de Primo de Rivera tuvo la desaprobación del pueblo. La clase obrera sufre, el Estado llena sus cajas. Esto ocasionó conspiraciones y reprobación del Estado. Una ocasión más para aprisionar a cuantos rebeldes y descontentos se manifestaran. Los militantes de la C.N.T., seguían estoicamente el camino del cautiverio. También Ricardo Sanz, quien dejó a su compañera Pepita embarazada del primer hijo. Así se truncó el idilio de una pareja, nacido en la lucha y en la inquietud, que había acumulado sentimientos llenos de pureza. Cinco meses más tarde, su compañera Pepita dio a luz de un niño, a no tardar se presentó en la cárcel y Ricardo Sanz dio su primer beso al recién nacido. La compañera, la madre, sufrió y alentó al hombre e hizo frente a una situación crítica. Es en esta perseverandia de colaboración discreta que en iguales o parecidas circunstancias han cooperado miles de mujeres, que han sido y son, de manera anónima, las obreras que elaboran y sostienen uno de los puntales más importantes de la lucha social, puntal donde el luchador se apoya. No todas las veces se reconocen estos méritos, pero Ricardo Sanz veneraba y ennoblecía a su compañera.

La lucha social de España ha sido importante y los militantes de la C.N.T., se han visto arrastrados hacia cárceles y penales. Muchos de ellos analfabetos, formaron su cultura en las cárceles. Fue de esta manera que Ricardo Sanz aprendió el idioma castellano. En la cárcel de Madrid amplió sus conocimientos lo que le permitió hablar con soltura en los diferentes lugares donde era solicitado a tomar la palabra.

Al ser liberado, se traslada a Zaragoza para asistir al juicio contra Torres Escartín, «Salamero» y la compañera Julia López Moblar, acusados de la muerte del cardenal Soldevila. Al dirigirse a la entrevista que debía tener con el abogado Serrano Batanero fue detenido por la policía que ya lo esperaba. Receloso le dio un puntapié en las partes a uno de los policías que incorrecto y sádico le maltrataba de obra. A la salida de la cárcel de Zarazoza, Ricardo Sanz vive una vida semiclandestina. Se da cuenta que le buscan para detenerle de nuevo. De regreso a Barcelona, los compañeros le facilitan el paso a Francia, pero regresa defraudado del ambiente que reina entre los españoles emigrados. Después de haber pasado clandestinamente el Pirineo, estando en la estación de San Sebastián con un compañero, son detenidos los dos. La policía lo identificó pronto y fue llevado a la cárcel de Madrid. En la Dirección General de Seguridad se le exhibió como personaje curioso, cuando examinó las fotografías ampliadas de Buenaventura Durruti, García Oliver, Francisco Ascaso y la suya propia.

En la cárcel de Madrid hizo amplios contactos con los compañeros de diferentes regiones y tuvo gran afinidad con los andaluces. Conoció a José Romero, Mauro Bajatierra, Inestal y otros con los que aprendió mucho, ávido que estaba de asimilar todo cuanto podía. Una mañana recibió la visita de su abogado Eduardo Barriobero quien le anunció que por la tarde saldría en libertad. En efecto, después de dos años de detención, salieron a la calle él y su compañero. Los sindicatos, semiclandestinos, continúan su labor. A su llegada a la Ciudad Condal, empezó por redactar un manifiesto en nombre del sindicato de la metalurgia, con el propósito de influir en la opinión pública contra la opresión. El manifiesto invitaba a los trabajadores a no pagar el impuesto sobre las utilidades que la Dictadura de Primo de Rivera había instituido. El manifiesto tuvo el éxito esperado y fue precedido de un segundo, invitando a los obreros a un movimiento huelguístico de protesta, sí la ley que creaba dicho impuesto no era derogada. Ello le valía ser una vez más, huesped de la cárcel modelo.

Después de la caída de la Dictadura, la acción sindical tomó gran amplitud, los sindicatos de la C.N.T. pudieron funcionar en la legalidad. Sanz fue elegido presidente del sindicato de la Construcción al cual pertenecía por aquel entonces.

La construcción de la zanja de la calle de Aragón produjo disturbios graves después de la despedida de los seis delegados sindicales. Los obreros, se declaran en huelga para solidarizarse con sus compañeros de trabajo. La huelga seguía su curso sin que la Empresa transigiera. Para romper el hielo, Sanz, en tanto que miembro del Comité de huelga, propone a sus compañeros de Comisión reunir a los huelguistas en la Plaza del Ayuntamiento. Así se hizo y, una vez allí, desde lo alto de una farola tomó la palabra, cargando toda la responsabilidad del conflicto sobre el alcalde de Barcelona. El alcalde, que había salido al balcón, permaneció mudo ante tales acusaciones. La multitud aplaudía al orador y silbaba al alcalde, el Conde de Güell. Este le invitó a su despacho para discutir la reclamación, lo que hizo, una vez segurado de que la orden de detención que recaía sobre el Comité de huelga no tendría efecto inmediato, ya que el alcalde garantizó que no serían detenidos.

Ricardo Sanz ruega a los huelguistas que se disuelvan pacíficamente y se entrevistó con el Conde de Güell, quien levantó la orden de detención del Comité de huelga, lo que les permitió cierto movimiento y agilidad para llevar a buen término su gestión.

La Junta del Sindicato y el Comité de huelga tomaron la resolución de declarar en huelga de todo el Ramo de la Construcción en solidaridad con los huelguistas de Fomento de Obras y Construcciones para el siguiente lunes. Estas discusiones se llevaban a cabo el sábado. Para el domingo había anunciado un mitin proAmnistía, en Bellas Artes en el que la C.N.T. también tomaba parte. Sanz tuvo una idea audaz que sometió a sus compañeros y que fue aceptada. La idea consistía en proclamar la huelga general de la Construcción a la clausura del mitin. Así fue. Cuando todos los asistentes se habían levantado, R. Sanz, desde un palco, pudo hacerse escuchar de los reunidos dando a conocer la decisión del Sindicato, la que se hizo efectiva al siguiente día.

Más tarde Ricardo Sanz deja la presidencia del Sindicato. Los compañeros del mercantil solicitan su colaboración, y accede sin aceptar ningún cargo de responsabilidad. Quiere dedicarse a su familia, de la que poco o casi nada le es permitido gozar, absorbido siempre por las exigencias del Sindicato mercantil que ya ha tomado ciertas personalidad. Los arribistas en política marxista, se vieron obligados a retirarse llevándose toda la documentación sindical.

En junio de 1931, la C.N.T. celebró un Congreso en Madrid, Sanz lleva la delegación del Sindicato mercantil. Después de haber articulado una amplia organización confederada, entre otros puntos, el Congreso acuerda que la C.N.T. organice equipos de propaganda para difundir las ideas anarcosindicalistas por toda la Península. La Comisión encargada de organizar los actos le incluye en su lista de oradores en el plano nacional. De nuevo se ve alejado de su familia. Su acción de propagandista le conduce a todas las regiones de España, lo que le acarrea persecuciones y encarcelamientos. El autor habla de mil actos públicos, lo que no deja de ser una buena empresa de peroración. Conoció en Gijón a José María Martínez, héroe de Asturias. En la capital de Alava, conoce al Dr. Isaac Puente, quien le prologó su primer libro en el año 1933.

Vivió intensamente la gran campaña de propaganda ideológica, sintió emociones de todo género. Los hombres de la C.N.T., que acudían a los mítines eran su sostén moral y espiritual, la fuerza para continuar en su labor contra todas las adversidades en que tropezaban él y sus compañeros de lucha.

También se reservaba instantes para apreciar la belleza de las tierras que recorría. La lucha no le cegó, el contacto con la naturaleza salvaje y virgen, hízole la vida más hermosa. En medio de esta atormentada existencia, Pepita y su hijo Floreal sabían esperarle con cariño.

Rígido consigo mismo, no deja de apuntar los errores de los hombres de la C.N.T. También el comportamiento leal de Manuel Llaneza, a quien conoció en Miéres, líder de la U.G.T. asturiana, haciendo elogios de su moral, digna de los mineros de aquella región a quienes representaba y defendía en su justa causa. Colaboró en distintos periódicos y revistas de carácter social e ideológico.

La intensidad de la lucha social estaba tan arraigada en su propio ser que todo formaba uno. Su compañera Pepita era su sostén más importante. Ricardo continúa su vida, repartida entre el trabajo, la acción y el relato de sus viajes de propaganda a su compañera, que adoraba.

Evoca los momentos más patéticos de la revolución, las horas en que, en el frente tuvo que afrontar situaciones difíciles, haciendo bloque con sus hombres, en los cuales confiaba como consigo mismo. Eran luchadores e idealistas, y les guiaba el mismo afán de vencer.

En medio de la gran tragedia que fue la guerra, pierde a su compañera Pepita, que seis meses antes había dado a luz a una niña llamada Violeta. Ella que siempre le había alentado, le abandonaba para siempre, cuando más trágica era su situación y la de España. Pepita, era la compañera que consagró su existencia para fundirla en la confianza y la acción de un hombre que amaba, hasta que exhaló su último suspiro.

El desbarajuste de nuestra guerra debilitó nuestras filas y dio tiempo a la organización de la quinta columna que fue minando todo cuanto quiso. Fue con la muerte en el alma, que Ricardo Sanz pasó la frontera. Guardaba el anhelo de organizar y atenuar el sufrimiento moral de los hombres que habían estado bajo su mando en la 26 División. Las cosas no dieron el resultado esperado. Fue internado en el campo de castigo de Vernet d?Ariége. Su hijita Violeta está a cargo de una mujer y su hijo Floreal vive en un pueblecito distante a dos kilómetros del campo donde él se encuentra. Pensó que los sacrificios pasados se borrarían si su vida era transmutada hacia el tallo presto a dilatarse y llevar toda la fuerza de su existencia a la continuación de la lucha que los demás dejaron para siempre en el surco abierto de la tierra.

Mas un día le advirtieron que su hijo estaba gravemente enfermo. Tras haber solicitado varias veces salir para verle, cuando le autorizaron, la muerte se lo había arrebatado. Este hombre, fuerte como un roble, que reconfortó a miles no pudo aportar ni el calor necesario ni ta fuerza de su mirada a su hijo agontizantel. Custodiado por un gendarme, Ricardo acompañó el féretro de su hijo hasta la última morada.

El sadismo y la crueldad de los seres sobrepasa a veces la imaginación y no hay medida capaz de medir la perversión del hombre.

Hay episodios en la vida de un ser que lo aniquilan y es necesaria una gran serenidad y estoicismo para no parar en la locura.

Cándido era pensar en aquel entonces que Francia había comprendido nuestro problema y menos esperar de ella que nos acoplara a la resistencia organizada. La acusación hecha por el Prefecto de Cahors contra Ricardo Sanz, el 22 de octubre de 1939, delataba el estado de espíritu de los que nos recibieron como perros de presa y que, nosotros ingenuos, queríamos creer que poniéndonos a su disposición seguiríamos defendiendo la libertad y los derechos del ser humano.

En el campo de Vernet d?Ariége se hallaban miles de internados de todo pueblo y raza, españoles en particular éstos más tarde eran destinados a los campos de exterminio de Alemania. El 12 de julio, a las siete de la mañana, es maniatado con otros compañeros de desdicha para ser encaminado a la estación donde en vagones, como bestias, fueron todos dirigidos a Port-Vendres. Allí serían embarcados como ganado, en un viejo barco, que puso rumbo al Africa del Norte. En el campo de concentración donde fueron internados, serpientes y escorpiones se introducían en los dormitorios y los chacales hambrientos rodaban por los marabús, dispuestos a devorar al primer fugitivo. Hombres y bestias, la llamada civilización, los había reunido como en tiempo de la prehistoria. Unos y otros debían defender su vida salvajemente.

Los ingleses pusieron final a este infierno. La libertad adquirida a fuerza de sacrificios y el deseo de volver a Francia hizo renacer en Ricardo la fuerza mitigada por los sufrimientos y clandestinamente vuelve, desafiando al huracán,, plantando cara a la tragedia que lo avasalla.

Ricardo Sanz, los luchadores por la libertad, destacados o anónimos, fueron defraudados después de la gesta que aniquiló su juventud, empobreciendo de esta manera el manantial de vida de un pueblo sin luz, porque la mayoría de sus pensadores, sus poetas, sus filósofos, sus artitas, han ido a chispear en otras órbitas, esparciéndola en la lejanía; luz que debía extenderse por España para que sus hijos bebieran en ella. Así se empobrece la civilización y la cultura de un pueblo.

Ricardo termina el relato de su libro insistiendo en la parte más intensa de su vida, el momento en que, antes de nada es padre, ese sentimiento inmenso que siente al trágico desenlace de su hijo a los 18 años de edad. La esperanza del futuro. En él había puesto todas sus ilusiones, machacadas por tantas adversidades.

La vida continuó y continúa. Para que así fuera, tuvo que hacer frente a la ferocidad de las guerras y a la incomprensión de los hombres.

SARA BERENGUER

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