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Quizá Esquilo tenía en mente un problema análogo, cuando al final de la Orestíada, imagina que el tribunal de Atenas prescribe la construcción de un templo a las diosas de la venganza sedientas de sangre, las Erinnis, que gracias a ello se transformarán en las Euménides, la benévolas, diosas de la fertilidad. El templo tiene que estar fuera de la ciudad (de la sociedad), pero los ciudadanos le tienen que rendir culto. La técnica, necesaria para construir el templo, si es guiada por el conocimiento simbólico puede lograr que la pulsión de muerte adquiera su aspecto fértil: el que propicia la transformación de lo vivo y mantiene el ciclo vital. El capitalismo tardío parece jugar peligrosamente con derribar el templo, quizá para construir un resort, olvidando que está habitado por las diosas de la venganza. Si esto sucede, las Erinnis volverán, quizá con el aspecto de Alien, el monstruo que se cría en nuestro interior.


