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Imagen 12OCT
La historia de violencia del colonialismo es innegable. También su papel fundante en la configuración de la ecología-mundo capitalista, no solo en el pasado sino en la actualidad. El sistema capitalista solo ha sido posible por esta historia de innegable violencia colonial: la expansión y conquista de los territorios de ultramar, la expropiación y extracción de recursos, el sometimiento y esclavización de poblaciones originarias; una historia paralela, en el interior de la misma Europa, a la historia de la dominación y subalternización del "otro" (morisco, gitano, pobre, irreverente, rebelde...) en la construcción del Estado-nación. La colonialidad sigue presente en todos los aspectos de nuestras sociedades porque sigue organizando el mundo en jerarquías que prescriben que unas vidas valen más que otras. Y porque sigue siendo la forma de entender el mundo en la que somos educados desde que nacemos.
 
En el centro del colonialismo, la idea del capitalismo triunfante de que "Occidente" es la sociedad "más desarrollada", a la que todo el mundo quiere llegar y que es prueba de la superioridad de los "europeos". Lo cierto es que el capitalismo europeo se impuso a la población europea con el robo de tierras y las leyes contra vagabundos, con asesinatos masivos de mujeres-brujas y represión de movilizaciones sociales de todo tipo. Romper la socialidad comunitaria para aislar a las personas y hacerlas dependientes del salario y del Estado, romper la continuidad de los humanos con el resto de la naturaleza y el resto de los humanos para posibilitar su explotación, romper la identidad mente-cuerpo para imponer el control de la "razón" con su correlato de disciplina fue un proceso de siglos. También expandir la idea de que la ciudad, lo industrial y lo tecnológico es "desarrollo". Y que la vida buena es aquella en la que tienes dinero de sobra en el bolsillo para elegir qué comprar.
 
Esto último solo puede tener sentido en un mundo en el que verdaderamente hemos sido expropiados de cualquier medio de producción y reproducción social. Somos tan absolutamente dependientes de las relaciones capitalistas que padecemos "síndrome de Estocolmo". En algún nivel, en algunas ocasiones, todas somos conscientes. Por eso todo el mundo tiene tanto miedo al futuro y se exacerba la competencia: sabemos que no valemos nada para el capitalismo, que ciudades, países, civilizaciones enteras han caído según los intereses del capital. Algunos (tristemente muchos) se aferran a las jerarquías raciales o de género que el propio capitalismo colonial situó en los cimientos de su acumulación.
 
Este sistema capitalista colonial, que se basa en la apropiación y desvalorización del trabajo no remunerado de "la naturaleza, las mujeres y las colonias", no crea riqueza ninguna, tan solo la destruye. Por lo menos, digámoslo. Digamos que sabemos perfectamente que el bienestar material del "centro" proviene de la explotación de la "periferia".  Que la "periferia" no es sólo un concepto geográfico y que en el centro exiten otras muchas periferias donde también reina la desigualdad. Demos un paso más allá de la imprescindible conciencia y crítica al expolio y la injusticia, que oprime a millones de personas en el mundo. Digamos que este sistema no nos ha hecho más libres tampoco a los "blancos" y que necesitamos, como el agua y como el aire, que la gente de otros lugares nos enseñe de nuevo a vivir.
 
Os invitamos a visitar el itinerario de libros que hemos elaborado y a los debates que ha organizado nuestra librería hermana Synusia "¡Camina la palabra! Diàlegs antirracistas" con la presentación de "Putas migras", "La invención del pasaporte" y "El pueblo gitano contra el sistema mundo" con autorxs y activistas. También a las convocatorias que denuncian que el 12 de octubre no tenemos nada que celebrar y sí mucho por descolonizar(nos).