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#CuarentenasDesiguales
Conversación con Pastora Filigrana a partir del capítulo «Las jornaleras marroquíes de la fresa», que se encuentra dentro del libro colectivo ‘La Internacional feminista’.

La abogada Pastora Filigrana aborda la agricultura intensiva del fruto rojo en Huelva, cómo entender estos laboratorios de «cultivo intensivo» en Lepe, El Ejido, Torre-Pacheco o Talayuela, qué lugar ocupan en nuestras economías.

El pasado día 8 de abril el Gobierno aprobó un decreto para promover la contratación de trabajadores agrícolas en las campañas de recolección que se han visto afectadas por la cuarentena. Este Decreto ha puesto de manifiesto dos grandes verdades: que el «campo no lo quiere nadie» y que es la mano de obra migrante la que se dedica fundamentalmente al trabajo agrícola de temporada. Una vez cerradas las fronteras y limitada la movilidad estos trabajadores migrantes no han podido llegar a tiempo a la recolección y faltan manos.

Algunos datos. Entre el año 2000 y el año 2017, la producción agrícola en España ha pasado de poco más de 19.200 millones de euros a más de 25.300 millones. El Producto Interior Bruto (PIB) procedente de este sector es el más elevado de nuestro entorno, por encima del de Alemania, Italia, Países Bajos, o Francia. El sistema agroalimentario constituye la segunda industria del país, muy cercana al turismo, con una contribución del 10,6 por ciento al PIB y del 14,2 al empleo. En la ordenación económica global nos toca ser la huerta de Europa.

El trabajo agrícola, al igual que el trabajo de cuidados, ocupa el lugar de menor reconocimiento social y salario en el orden económico neoliberal. Los países dedicados a la agricultura por tanto son economías periféricas. Y los trabajadores agrícolas los de menos posibilidades.

¿Qué principales riesgos tienen las temporeras de la fresa en Huelva? Y, ¿cuáles sumará el coronavirus a la situación anterior?
Este año la mayoría de las temporeras marroquíes han dejado de venir. Al menos 10.000 mujeres se han quedado allí. Las que han venido viven en las fincas donde trabajan. Si la libertad de movimientos era limitada en años anteriores este año con el confinamiento es aún mayor. Desde los sindicatos y colectivos de trabajadoras se dificulta aún más la labor de información a estas trabajadoras porque los espacios públicos como supermercados o centros de salud donde se solía hablar con ellas y hacer la labor sindical ahora están limitado. En el proyecto donde participo este año con ‘Abogadas‘ y el colectivo de Jornaleras de Huelva en Lucha nos hemos tenido que reinventar. En lugar de reparto de octavillas hay cadena de wasap en árabe, francés, y castellano. Las trabajadoras llaman a ese número y nos cuentan cómo se encuentran. Las principales quejas siguen siendo las condiciones de los alojamientos. Este año se suma la falta de medidas de seguridad de la Covid19.

En este sentido, ¿qué medidas se van a tomar derivadas de la falta de ayuda: denuncias, apoyo de otras organizaciones sociales... ?
Lo que estamos haciendo principalmente es denuncia a la inspección de trabajo y denuncia pública. Las demandas en tribunales son más difíciles porque tienen que poner el nombre… Quizás cuando salgamos de este confinamiento habrá una movilización. Ojalá. Lo más interesante es que se ha creado el Colectivo de Jornaleras de Huelva en Lucha y eso abre vías de luchas.

¿Está surgiendo alguna «micropolítica de los lugares cotidianos» emancipadora durante el estado de alarma entre las trabajadoras del campo? ¿Cómo se expresa allí el «comunismo de cada día» que vemos en otros sectores de población?
Pues un papel muy interesante lo está haciendo el Colectivo de Trabajadores africanos. Son los trabajadores que viven en los asentamientos de chabolas por falta de otro recurso de vivienda. Es muy potente porque es una experiencia de autoorganización. Comenzaron el pasado octubre cuando ardió un asentamiento y no hubo respuestas institucionales. Ahora, en esta crisis, están reivindicando el acceso al agua y han tenido algunos logros. La segunda batalla era la regularización pero parece que esa no cae… En Huelva faltan manos, pero para quienes no tienen papeles están más difíciles las contrataciones.

El contrato en origen para estas mujeres les da algún derecho en el sistema de jubilaciones, subsidios, aunque son pocos meses, nos preguntamos si contribuyen a las arcas de cotizaciones y luego nunca podrán disfrutar de sus beneficios.
¡Uf! Pregunta complicada. La realidad es que para acceder al subsidio agrario se necesitan sumar muchas peonás y la mayoría de estas mujeres no llegan. Así que en la mayoría de los casos aunque se quedaran no disfrutarían del subsidio agrario. La respuesta correcta requeriría citar bastante legislación. Pero en resumen: el régimen agrario, que no es el general, dificulta mucho el cobro de subsidio hay que trabajar muchos días. Y el contacto en origen no posibilita tantos.

¿Las particularidades del Real Decreto (RD) 13/2020 de trabajo agrario, va a suponer una mayor precarización de las temporeras al sumar únicamente actores en situación regular al trabajo en el campo?
La situación de las jornaleras marroquíes que han conseguido llegar no cambiará mucho con este RD. La situación de los temporeros de los asentamientos chabolistas sin papeles sí será peor. Seguirán siendo invisible, pero seguirán trabajando sin derechos porque hacen falta muchas manos y dudamos de que la idea del Gobierno funcione. Me refiero a incentivar que la gente que cobra subsidios trabaje en el campo para ganar un plus. Yo dudo de que esto ocurra en un número suficiente como para cubrir todos los puestos de trabajo. Se seguirá tirando de trabajadores sin papeles. Más explotación y más trabajo esclavo.

¿El caso de Portugal (regularizaciones en masa) puede servir como ejemplo e impulsar luchas aquí?
Realmente en Portugal no ha habido una regularización en masa. Los titulares fueron engañosos. Se regularizó a las personas que tenían los trámites iniciados. En mi opinión aquí necesitamos una regularización de todas las personas temporeras migrantes que están realmente trabajando. En Huelva pueden ser casi 2.000 personas. El RD no ha previsto esto, pero la realidad es que estas personas trabajaran aquí, en Almería, en Valencia, en Lleida… es una verdad a la vista de todos.

No sé cómo lo veréis, pero es muy llamativo el hecho de que el Gobierno permita cobrar el paro a la vez que se trabaja en el campo. Es como gritar a viva voz: SABEMOS QUE EL CAMPO NO LO QUIERE NADIE.
Habría que preguntarse por qué es así. ¿Por qué los convenios son tan bajos y las condiciones tan precarias? ¿Por qué el capitalismo coloca en ese lugar a una actividad tan básica para la vida? ¿Por qué el capitalismo está contra la vida?

¿En qué condiciones vive la cuarentena una mujer marroquí que trabaja como temporera de la fresa en Huelva? ¿Crees que al igual que otros colectivos como los Sindicatos de Vivienda, sería posible realizar una huelga en el campo con el Estado de alarma?
Me sigue sorprendiendo que los sindicatos no hayan llamado a la huelga en las primeras semanas del confinamiento. La situación en los centros de trabajo ha sido y sigue siendo insostenible. No hay medidas de seguridad y la gente tiene miedo por ellas y por su familia. Los trabajadores han tenido que elegir entre exponerse al contagio o perder el salario. La seguridad laboral era y es motivo de huelga. Cuando salgamos de este confinamiento vamos a encontrarnos con una dura crisis económica, que en los márgenes, donde está la gente que ya vivía en crisis de antes, va a ser peor. Vamos a necesitar movilizaciones amplias en muchos sectores para recuperar derechos y bienestar. Vamos a tener que forzar una redistribución de riquezas, y nos harán faltan huelgas. Huelgas de producción y consumo hasta que redistribuyan las riquezas y se garantice la vida digna de todos y todas.

La huelga aparece en distintos sectores como necesidad compartida en y tras esta crisis. ¿En el campo también se habla de ello?
Sí, antes de la crisis sanitaria ya se hablaba. Ahora que faltan manos la correlación de fuerzas entre patronal y trabajadores cambia… así que la huelga se hace más posible.

No sé si has podido hablar con alguna de las trabajadoras: ¿qué les da más miedo de esta situación?, ¿han cambiado algo sus temores respecto a la situación que vivían antes?
Hablé con algunas. Tenían miedo ente las amenazas de despido. Ahora un despido haría que estuvieran en la calle literalmente, porque no pueden volver a su país por el cierre de fronteras. Tienen miedo de que cuando ya no las necesiten se queden un limbo sin poder ni estar ni irse.

¿Cómo valoras el doble rasero moral de los estados europeos al prolongar los contratos, como en el caso de las jornaleras de la fresa cuando necesitan mano de obra por la crisis de la Covid19? Como lo que comentas, que gritan que el campo no lo quiere nadie.
Sí, exactamente igual. Algunos países europeos como Alemania e Inglaterra hablan de permitir ‘pasillos verdes’ para que los trabajadores de Europa del Este puedan desplazarse para realizar las campañas agrícolas de estos países. Creo que nunca antes nos habían dado tanto la razón a quienes hablamos del orden colonial del mundo y de que el capitalismo necesita que haya trabajos y vidas que valgan menos dependiendo del lugar que habita una persona.

Hace unos meses el relator de la ONU Philip Alston elaboró un informe en el que instaba al Gobierno a intervenir de manera urgente ante la situación de abandono en la que se encontraba una parte importante de la población. Dificultades en el acceso a la vivienda, segregación escolar, pobreza infantil, exclusión del pueblo gitano y abandono de la población migrante o sin papeles. Philip Alston visitó varios asentamientos en Huelva, ¿qué exigencias han puesto sobre la mesa estos días el Colectivo de Trabajadores Africanos?
Están reivindicando algo tan básico como el acceso al agua. En mitad de una pandemia mundial donde la OMS (Organización Mundial de la Salud) recomienda extremar la higiene la UME (Unidad Militar de Emergencias) los ha confinado en asentamientos chabolistas sin agua ni infraestructura para residuos. Son reivindicaciones que se viene haciendo hace años. Realmente la reivindicación es vivienda digna. Hay que saber que el Convenio del campo obliga al empresario que los emplee a garantizar una vivienda, pero incumplen. Y las Administraciones no crean recursos de alojamiento. El acceso al agua es un derecho humano fundamental. Además, es viable hacerlo, pero no lo hacen. Parece que la gente que vive en condiciones infrahumanas son más rentables, se les paga menos y se les hace trabajar más. La otra gran reivindicación es la regularización de extranjeros. El ‘papeles para todos’. No olvidemos que es gente que está trabajando, días sueltos, cuando se les necesita, pero produciendo y creando riquezas. Esa de la que hablábamos al principio del debate.

¿Conoces algún caso de infección por coronavirus en la población migrante que trabaja de temporeros? Si es así, ¿qué solución han tenido para hacer frente a la enfermedad?
No conocemos ningún caso de temporeros migrantes. Aunque sí un caso de un trabajador autóctono en uno de los almacenes de fruta. No se han extremado medidas por parte de la empresa. Y ahí andamos denunciando a la inspección. Mientras, hay terror entre los trabajadores.

Pastora, en tu texto lanzas un llamamiento concreto a la interseccionalidad del feminismo, ¿cómo hacemos para que esta situación despierte conciencias y sacuda clasismos?
Esta crisis sanitaria está poniendo sobre la mesa que hay trabajos que sostienen la vida, como el trabajo agrícola o el trabajo de cuidados. Y saca a la luz la contradicción de que son los peores pagados y reconocidos. Quizás sea un buen momento para una alianza entre las trabajadoras de los cuidados y los trabajadores agrícolas, sobre todo los más invisibles: los y las migrantes.

Siguiendo la conversación. «El laboratorio de la fresa» es una ventana a la división internacional y sexual del trabajo. ¿Cómo organizamos una internacional feminista, cómo pensar y hacer en una política transnacional?
La internacional feminista está en marcha. Supongo que empieza cuando los dolores desde muchos sitios diferentes se comparten, se ponen en común, se identifican que detrás de ellos hay una causa común aunque cada dolor sea diferente. Desde ese diálogo es donde se construyen repuestas colectivas frente a las opresiones. Eso nos va a conllevar buscar esos espacios de diálogo. Y reconocer las diferencias, los diferentes lugares desde los que se viven esos dolores. Porque algunos estarán en lugares más incómodos que otros. Vamos a tener que dialogar siendo muy conscientes de nuestra mirada situada, que no es lo mismo ser una jornalera marroquí que una abogada cooperativista. Que no es lo mismo tener papeles que no tenerlos. Estamos obligadas a buscar las causas comunes que crean nuestros dolores e hilar estrategias conjuntas para afrontarlas. Crear los espacios de diálogos es el primer paso.

Cuando desde el 8M llamamos a la concentración por lo de la manada conseguimos una convocatoria masiva. Sin embargo, cuando llamamos también desde el 8M a la concentración contra los abusos a las temporeras marroquíes solo acudimos unas pocas. ¿Por qué haciendo el mismo llamamiento, o incluso un llamamiento mayor, no conseguimos interpelar más allá de nuestros espacios activistas?
Pues porque la persona que sufrió la agresión de La Manada podríamos haber sido muchas de nosotras cuando vamos a una fiesta. Sin embargo, la realidad de las mujeres marroquíes en una finca está a años luz de nuestro imaginario. Hay fronteras de clase en nuestras vidas cotidianas, no salimos de copas o a tomar café con mujeres jornaleras marroquíes. Esas fronteras vamos a tener que visibilizarlas, tomar conciencia de ellas y derribarlas si queremos crear una respuesta de lucha colectiva.