Usted está aquí

 
La desigualdad previa al Covid no hace sino profundizarse en el encierro. Familias que viven en casas enanas, con solo un baño o humedades, o que comparten un cuarto en una vivienda, aquellas que no tienen calefacción. Personas a cargo de otras personas que requieren grandes cuidados, varios niñ*s, niñ*s pequeñ*s, mayores, enferm*s, divers*s... Personas que viven al día, vendiendo en la calle o mercadillos o buscándose la vida. Familias con empleos temporales y parciales, a los que la angustia no deja dormir. La cuarentena para much*s no es un momento de oír podcast y ordenar armarios. Ahora que el sufrimiento humano nos llena la boca a todos, merece enfrentar esta desigualdad naturalizada y consentida antes, invisibilizada y romantizada ahora como esfuerzo cívico común. La naturalización de la desigualdad, la jerarquía sobre las vidas y su sufrimiento, es la base de la acumulación capitalista; sin ella, no sería admisible la explotación diferencial de cuerpos (mujeres, migrantes, neocolonias). No es por lo tanto un error o algo que se subsanará con más crecimiento, es lo que permite sobrevivir al capitalismo. 
 
Esta semana aportaremos contenidos en esta dirección, pensando en cada una de las diferentes maneras en las que estamos encerrad*s y en la importancia central de esta desigualdad tanto para el sistema como para enfrentarlo. Con la esperanza también de que al acabar el encierro, después de exigir esfuerzos tan enormes a los que peor están, la ola de intolerancia al sufrimiento y la muerte que hoy justifica políticas extraordinaria haga imposible también el retorno a la desigualdad cotidiana de nuestras sociedades, a la pobreza "normal", a la explotación "normal". La desigualdad, esa base estructural del capitalismo, llena todos los días de sufrimiento y muerte el mundo.